La tierra se cuarteaba y crujía por sí sola, el sol estaba
en su cumbre, así había estado más de un mes, y así parecía que iba seguir.
“Cruj” “Cruj” sonaba la tierra bajo los pies de Isac por
cada paso que daba.
Estaba cansado y sediento de tanto caminar. Le ardían los
brazos y la nunca por culpa del sol, Los dedos que salían de sus huaraches era
los más quemados. Había caminado mucho y
aún no veía a nadie. Tampoco sabía cuánto faltaba para llegar a Santa Rosa.
-Tráetela por favor. Tráela de regreso.
Todavía escuchaba los suplicios de su madre, y si no hubiera
sido por que ya llevaba días llorando y parecía que de tanto llorar se iba a
secar no le hubiera hecho caso.
La última persona que había visto le había dicho que
siguiera la vereda hasta llegar a los fresnos, de ahí tenía que dar vuelta y
continuar con rumbo hacia donde se veía la loma.
-No, pues todavía le falta alguito.
-¿Como cuánto?
-Pues todavía falta. ¿Y para qué quiere ir hasta allá? Allá
no hay nada. No hay agua, ni tampoco trabajo.
-Estoy buscando a alguien
-¿A una mujer?
-A mi hermana. ¿La ha visto?
-Si supiera la cantidad de mujeres que pasan por aquí. No,
ni cómo reconocerlas. Pasan, a veces seguido, a veces tardan. También a veces
van solas y otras acompañadas. Yo ni me acerco, se ven bien raras, como si
estuvieran locas o aturdidas por el sol. Ellas no ven a nadie sólo caminan,
como si supieran a donde van. Otras van hasta sonriendo, como felices. Quien
sabe dan harto miedo.
-¿y con quién van?
-Ah, ¿no sabe?, se dice que es el dueño de todo para allá
atrás de la loma. Va a caballo y … bueno si lo ve ni se le acerque, que le
aseguro que quien se lo topa de frente no regresa. Pues así dicen que les paso
a las muchachas.
-Pero yo no soy mujer, ni tarugo como ellas.
-Bueno, yo sólo decía. Pero todavía le falta alguito para
llegar.
Ya había llegado a la loma. Y se arrepintió de no traerse
algo de comer. Subió a la loma y forzó la vista por culpa del sol. Más lejos
estaban unas parcelas con mogotes. Y atrás de estos vio una iglesita con pocas
chozas y de fondo lo que parecía una casa muy grande.
Ya casi se hacía de noche, cuando llego al pueblito. Las
primeras casitas que había tenían adentro una vela encendida. No había gente
por las calles, y si no fuera por las luces y la voz que salían de esas casitas
hubieran pensado que no había nadie.
Vio una silueta al final de la calle que cuando se acercó
observó a una anciana con la pie piel agrietada por el sol y por la edad. Tenía
los ojos pequeños y llorosos que trató de hacer grandes cuando lo vió.
-Buenas noches
-Buenas noches joven.
-Vengo buscando a mi hermana Inés. ¿No sabe si vino por
aquí? Está chamaca, y tiene la piel morena, pero clarita clarita. Y tiene unos
ojazos verdes, bien verdes, como de gato. Dicen que esos los sacó de su padre,
que también quien sabe quién fue. Y tiene el cabello negro, más negro que el
mío.
-Ay mijito. Todas son iguales. Unas de cabello claro, otras
de cabello negro, pero siempre iguales.
-Entonces ¿la vio?
-A cada una de ellas las he visto. Y también ya no las he
visto. Desde que tengo memoria pasan por aquí enfrentito.
-Entonces dígame, ¿la vio? Yo ya no pude ver más a mi
madrecita morirse de la angustia, ya van para tres semanas que se largó. Le
prometí que aunque de las greñas la iba a regresar.
-Ay mijito, Ay mijito.- La anciana le dio unas palmadas en
su brazo y en cada una se agarraba de él enterrando sus uñas-Ay mijito- Le
seguía diciendo ya sollozando. Las lágrimas le brotaban de sus ojitos y le
escurrían por las grietas de su cara. Con su dedo huesudo le indico el camino.
Todo el camino derecho hasta llegar a la puerta de la casa grande.
La anciana lo hospedó un su casa, vieja como ella y de
adobe. Le dio de cenar caldo de pollo y atole de elote, diluido y desabrido.
Cuando amaneció dio las gracias y caminó a la casa grande. El gran portón que había visto era más grande
y viejo. Afuera había un hombre con un zarape durmiendo. Saludó.
-Buenos días- repitió hasta que el hombre pareció
despertarse.
-Buenas, ¿qué quiere?
-Busco al señor
-¿Para qué?
-Para hablar
-Oh que bien friega. Dígame para qué quiere verlo.
-Pues, pues busco trabajo.
-Lárguese qué, aquí no hay…
Pero el hombre se detuvo cuando por dentro se abrió la
puerta. Salieron trabajadores con hoz y machete en mano, todos mirando para abajo.
Detrás de ellos en caballo un joven, más joven que él.
-Y éste ¿quién es?
-Uno…que quiere verlo…
-¿Vienes por trabajo? Estas de suerte, nomás por que ayer se
peló uno. Ándale, atrás de ellos. Tú, dale un machete o lo que sea y le dices
por dónde.
Sorprendido no dijo nada, y le hizo caso. Caminó atrás de la
fila y todos se dirigieron hacia unas parcelas donde había maíz sembrado.
Cuando vieron hacia donde iban caminando el hombre que iba delante de él tembló
un poco.
-Apúrense, a trabajar- Gritó el joven a caballo.
-Oiga Don..
-Don Santiago
-Don Santiago, estoy buscando a mi hermana, ¿no la ha visto?
Don Santiago lo miro, y sus labios formaron una sonrisa.
-¿Su hermana? ¿Cómo se llama?
-Inés, es una chamaca, esta flaca y tiene el cabello bien
negro.
-Ines, si, si me acuerdo.-De aquella malformada sonrisa
soltó lo que pareció ser una risa.- Inés, ya tiene rato que se fue. Ha de andar
por aquí. Si la encuentras, si quieres te la llevas. Estos que están aquí
también están buscando a alguien, algunos las encuentran. A veces se van o se
quedan con ellas. Ahí búsquela.
Sin saber bien que le había dicho y con los pelos de punta
siguió a los demás. A medio día y asoleado estaba cansado de trabajar y de
preguntar por su hermana, nadie le contestaba, unos no le hacían caso, otros
temblaban y seguían trabajando, sólo uno le contestó
-Aquí no hay nadie- Y no le volvió a decir nada más.
Ya casi acababa el día. Cuando notó su piel seca por el sol.
Como le hubiera gustado que lloviera, para al menos así refrescarse un poco.
Pero no había llovido, ni ahí ni en su casa y aún así, ahí la tierra estaba
suave y el maíz crecido.
Un escalofrío sacudió su cuerpo, y sintió más miedo a cada
paso que daba y sus pies se hundían en la tierra suave. “Ahí, búsquela” le
había dicho Don Santiago. Supo lo que significaba y siguió caminando. Las
parcelas eran muy grandes, y los otros hombres ya habían quedado atrás, uno de
ellos le chiflaba para que se regresara. No iba a regresar, a cada paso que
daba se daba cuenta que el maíz cambiaba y se acercaba más a su hermana.
Él también trabajaba el campo allá en su casa, y sabía como
era el maíz, y cuando había que cosecharlo y como trabajarlo, como reconocerlo
cuando ya estaba maduro. Y más que nada el tipo de maíz que era, por su color y
forma los reconocía rápido. Y ahí no había por qué haber maíz, y menos como
estaba. Había unas mazorcas que estaban muy gruesas como si estuvieran
cabezonas, y otras con los pelos de arriba de diferente color, los vio café
claros y oscuros, otros amarillos casi plateados, y por fin unos bien negros.
Se detuvo cuando vio los últimos y se paró enfrente de una
mazorca bien gruesa. No paraban los escalofríos, alzó la mano e iba a tocarla cuando desistió. Agarró la
mazorca de a lado y tocó los pelos, y no se sorprendió cuando sintió que era
cabello de verdad. Todos a su alrededor eran así. Desesperado peló la mazorca,
y reprimió las náuseas. Entre los granos de elote había dientes. La mazorca
calló de sus manos. Desesperado se levantó a recogerla, no sabía para qué, pero
la quería observar de nuevo. Ya agachado le dieron unas ganas de rascar la
tierra, la rascó tanto que ya no identificó la humedad de la tierra en sus
manos con la de sus lágrimas que caían. Paró hasta que encontró algo que
reconoció. La medallita que le habían regalado a Inés cuando cumplió quince
años.
Se levantó y sintió
miedo Arrancó y peló mazorcas. Todas tenían cabellos negros, unos con dientes y otros con
uñas. Ya no tenía duda. Ahí había ido a parar su hermana, cuando hacía tres
semanas que aún jugaba en su casa a ser una novia. Se había ido con el primero
que pasó y le habló bonito. Ahí había ido a parar. Supo qué era aquella mazorca
gruesa del tamaño de una cabeza. Con la cadenita en la mano dio media vuelta.
Regresó con los demás peones y no dijo nada de lo que ellos ya sabían.
-¿Encontró lo que buscaba?- Se acercó Don Santiago a preguntarle
-Sí
-Me alegro, me alegro. ¿Ya se va? Vaya con Dios pues. –Le
dijo con la misma sonrisa que había tenido en la mañana. Se alejó y durante
todo el camino que siguió, la risa de Don Santiago lo acompañó.
Ya había caminado bastante y no sabía cuánto le faltaba, ya
había pasado los fresnos cuando se encontró con el hombre que le había indicado
como llegar a Santa Rosa.
-Buenas tardes- Se acercó el hombre a saludarlo – ¿Qué tal
le fue? ¿Y su hermana?
-Pues allá la fui a encontrar en los terrenos de Don
Santiago.
-¿Don Santiago? No me diga…
-Pues sí, así se llama, y no me lo va a creer pero de santo
como su nombre no tiene nada, parece más que es el mismísimo diablo. Ay mi
hermanita, mi hermanita, ay, ay, ¿y ahora como se lo digo a mi madrecita?
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