lunes, 24 de marzo de 2014

Recuerdos



Tap, tap tap.

Era el único sonido que podía escuchar mientras caminaba por la calle. La oscuridad en esa hora dominaba todo. Y no era raro, ya que aquella calle por la cual iba no tenía alumbrado público, y no había lugar alguno cerca que despidiera luz de sus lámparas.

Cuando caminaba trataba de no escuchar sus propios pasos. Era mejor perderse en silencio, cuando ponía atención podía escuchar toda clase de ruidos, el de los carros cuando se acercaban, o a las personas que se aproximaban. Tania miedo, mido cuando estaba sola. La hacía recordad sus pesadillas, todo aquello de lo que se arrepentía todo lo que quería olvidar.

Susana Carrillo cuando tenía siete años, en casa de sus primos, jugando con ellos como cualquier niño, se quedó encerrada en una habitación, En esa habitación se apagaron las luces, sabía que no estaba sola, sabia quien era la persona que estaba en aquella habitación con ella, sabía que no era bueno lo que estaba pasando, y lo que iba a pasar…

Salió de ese recuerdo cuando sobresaltada escucho un jadeo, como el que hacia su mascota cuando tenía sed. Y rápidamente volteo a ver qué era lo que se acercaba. Era una señora que caminaba rápido, con un niño pequeño que sujetaba de la mano, el cual trataba de seguirle el paso.

Ese era el escenario nocturno diario. Cuando caminaba del lugar donde trabaja al edificio donde vivía.

Y era todo un descanso cuando llegaba. Cuando estaba en la calle al medio día ayudando a heridos en espacios públicos, o a veces en edificios donde alguna vez habían sido hospitales, tenía que soportar el ruido de las personas que lloraban y que se quejaban, todos pidiendo ayuda.

Cada paso que daba sentía calor si se derritiera, se sentía pegajosa, olía mal, tenía tanto calor, que las heridas de los demás, sus rostros sucios, y el olor que despedía le hacían sentir repugnancia por estar en ese lugar.

No podía quejarse, estaba consciente que no era la única que se sentía así, había más hombres y mujeres que se esforzaban en hacer el mismo trabajo sin hacer caso a lo demás. Era su trabajo, ellos lo hacían voluntariamente. En el caso de Susana no era así.

Ella provenía de un pueblo lejos de la capital, a dos días de viajar en camión. Solo tenía que entregar unos papeles y regresar. No quería ser parte de un problema que no era suyo. Y como en una historia donde la protagonista enumera todas las cosas que no le gustaría que le pasaran, le pasan. Fuera el edificio donde entregaba los papeles había gente del ejercito, y algunos doctores que salían de la nada y sujetaban por lo regular a las mujeres que tenían buena edad para trabajar.

Una vez que estuvo en la capital, con todas aquellas personas que también se habían llevado, le dieron una lista con el área el cual debía atender.

Llevaba alrededor de dos años atendiendo heridos y enfermos. Le parecía de lo peor que reclutaran a hombres y mujeres civiles para llevarse los a la guerra, y todavía peor cuando se escaseó la mano armada y se llevaron por la fuerza a jóvenes, tanto hombres como mujeres.

Y escaseando así los médicos, también se llevaban, al principio voluntariamente, después a la fuerza a otros jóvenes para atender a los demás. Solo se daba un pequeño curso de una semana, ya después uno tenía que ayudar y aprender de la experiencia. Estaban solos.

Con dos años de estar trabajando ahí, ya tenía papeles diferentes al de los demás. Y podía vivir en un edificio donde también Vivian otros doctores, enfermeras y alguno que otro militar.

Ya ni una casa o lo que quedaba de ellas tenia luz para alumbrar a los caminos, y los que la tenían, no las prendían por el toque de queda, o porque ya nadie habitaba en esas casas. Había que tener mucho cuidado, de algunas casas salían sujetos, los cuales para sobrevivir, (como muchos otros) robaban y mataban. Ya no era robar por dinero, sino que la ropa, era más indispensable para cubrirse por la noche. Nadie podía sobrevivir al frio en la noche, que era mucho peor que el calor del día. Y también otra cosa se había hecho más importante que el dinero: la comida y las medicinas. Esa era la primera razón para robar los papeles y credenciales de los trabajadores voluntarios y obligados por el ejército. Con cualquiera de esos papeles estabas libre de ser llevado a prisión (modernos campos de concentración), comprobaban que no eras enemigo del estado, y con esos papeles te daba una identificación para que tuvieras un lugar donde vivir y recibir comida. Esas credenciales eran el nuevo oro de la época. Siempre tenía que salir uno con esos papeles. Así como siempre uno era propenso de ser asaltado y llevarse esos papeles. ,

No paso mucho tiempo, después de anunciar por televisión las credenciales de identificación de ciudad que las filas para tramitarlas se hicieron muy largas, y llego cierto punto cuando se dijo “ya no hay” o ponían escusas para no entregaras. Fue la corrupción la que gano en el punto de protección civil. Y siempre era la que ganaba.

Después de eso comenzaron los rumores y luego los hechos confirmados de que había grupos de mujeres, jóvenes que mataban a las personas que tenían esta credencial para quedase con ella. Lo peor eran los rumores recientes, aparte de los saqueos y robos al cuerpo armado del estado, era, el que decía que la gente, sin resistir más el hambre atrapaba grupos de personas para matarlos y comérselos.

El canibalismo resurgió como en las Guerras Primitivas Mundiales de hace un siglo. Y los más indefensos a esta actividad, como siempre, eran los niños.

Susana siempre caminaba por esa calle. Y no le parecería raro que alguien que ya la estuviese observando, o si algún día la atacaran, le robaran sus papeles, le quitaran la ropa de sus cadáver, y después rebanaran su cuerpo para cocerlo y comérselo.

Cuando estaba sola, con el silencio que era su único acompañante desde hace años, o sola con el ruido de toda esa gente muriéndose, su mente se escapaba, e iba a su infancia, en los lugares con el sol y el viento fresco con las noches cálidas, o donde antes vivía cuando era niña. A aquellos museos con colecciones de animales que ya no existían a los que la llevaba su padre. Siempre recordaba mariposas, como las que veía dibujadas en los libros y películas viejas, a unas que estaba vivas, o que se movían como si estuviesen vivas, estaba en lugares especializados, los pocos lugares que hacían pequeños cuerpos mecánicos que imitaban a los animales que ya no existían. Era un bonito lugar, uno de los pocos que se encargaba de dar un poco de felicidad y de luz a ese mundo.

Pero la guerra con el tiempo iba aumentando, y su campo de guerra iba esparciéndose cada vez más. Todo lo que tenía en sus recuerdos ya no existía. Y cuando todo aquello dejo de existir una parte de ella también se fue, solo su cuerpo y el dolor que sentía era lo que le hacía darse cuenta que seguía viva.

Sentía miedo y frustración al ver los resultados de la guerra, con los cuerpos semi-destrozados de los soldados y guerrilleros. Al principio sufría mucho cuando veía que no podía salvarlos. Luego dejo de sufrir para compadecerse de ellos, que ya en su último momento de vida, delirando, llamaban a su madre, esposa, hermanos e hijos, y pedían en muchas ocasiones perdón.

Se compadecía de esas personas que ya moribundas se querían dejar ese mundo, para irse a donde ellos querían. A otros lugares que ellos también recordaban o se imaginaban.

Y odiaba a los que morían con el rostro marcado por el terror y miedo a la muerte. Y que rogaban para que los curasen para volver a los campos de batalla, a regresar a la carnicería que había, teniendo como cuerpo a morir el del humano.

Pero entonces, en una ocasión, cuando ella pensaba que era mejor que las personas que venían del campo de guerra muriesen y no regresaran, la guerra sin ellos terminaría más rápido. Así en unos de esos momentos en que inyectaba sobredosis de medicamento a pacientes para que murieran silenciosamente y sin sufrir, el piso de uno de los edificios cerca de donde estaba estallo. Y así fue cuando volvió a escuchar el silencio. Un silencio que no era agradable. Debido al ruido de la explosión, sus oídos por un lapso de tiempo quedaron sordos, y solo podía sentir y ver la desesperación de los otros. Al estar en silencio los otros sentidos se agudizan y podía observar cada detalle de un mundo lleno de moribundos y de personas con hambre y miedo.

Pasado el efecto de la explosión. Se entero después que a un soldado le había instalado medio cuerpo mecánico. Lo que era un brazo y una pierna mecánica. Se decía que el soldado había pedido esa operación voluntariamente, y el ejército vio la oportunidad de experimentar algo nuevo.

El resultado fue glorioso para ellos ¿De qué había de preocuparse uno, si de ahora en adelante podían usar hombres como armas?

Fue una pesadilla el resultado de convertir a este hombre en un arma para Susana. No tenía mucho que lo había atendido, y al principio de compadecía de él, porque también odiaba la guerra y había perdido a su familia en ella. Pero por alguna razón cambio su forma de pensar. De una persona que ya no tenía nada porque vivir, a una persona que quería seguir en esa guerra hasta el punto de donar su cuerpo para ser un arma. Recordaba el nombre de aquel soldado. Oscar. Sólo Oscar le había dicho cuando le pregunto su nombre.

Después de aquella operación. Oscar se encargo de seguir, escondido, a Susana. Para él, ella fue la razón para seguir viviendo, y la que le dio fuerzas para soportar aquella cirugía que había pedido. La instalación de un brazo y una pierna completamente robotizada le había dado el poder de un arma que iba mas allá que el de los humanos, y era el orgullo de sus Superiores, era tan poderoso para combatir a un ejército él solo.

Susana lo había atendido con mucho empeño .Y escuchaba todas sus historias. Le gustaba estar con ella, y a veces solo decía que se sentía mal, o que le dolía algo para que ella se acercara y pudiese hablar. Era una muchacha muy guapa, y como todas las demás estaba desaliñada y un poco desnutrida, pero le gustaba oír su voz, y sentir sus manos sobre su cuerpo cuando le cambiaba las vendas. Siempre la veía con una mirada triste, y notaba que a veces se perdía en sus recuerdos. Por eso le inventaba historias graciosas sobre personajes y lugares inventados. La hacían sonreír, y le era fácil hacerlo, porque ella era como él. Otra persona que se refugiaba en el pasado y en fantasías para soportar el presente.

Ella fue la razón por la cual decidió vivir. Quería vivir para protegerla, para que viviera con esa sonrisa a su lado. Para hacerla sonreír siempre. El junto con otros soldados con la misma cirugía que la de él, se encargarían de terminar con la guerra, para poder vivir en un mundo silencioso del ruido de los llantos y lamentos, en un mundo limpio, limpio de sangre y cadáveres.

La seguía cada noche, y la defendía de sujetos que se acercaba a ella con intensiones que él no quería imaginar, siempre lo hacía en silencio, ella nunca se daba cuenta. Sabía que a ella no le agradaba por la decisión de convertirse en un arma, y si lo viera, lo malinterpretaría todo.

Pero esta vez no llego a protegerla. Lo llamaron en estado de emergencia para defender un ataque del enemigo que ya estaba muy cerca y avanzaba muy rápido a la capital. Los honres que también se habían transformado en armas habían sido llamados para detenerlos. Solo tenían poco tiempo para intervenir. Desobedeciendo órdenes salió en un trasporte que robo a uno de sus superiores. No podía estar tranquilo, y acelero lo más que pudo para llegar a verla.

Cuando más aceleraba al vehículo Susana corría más rápido.

La seguían, alguien la seguía. Faltaba poco para llegar al edificio. No había ni un trasporte militar que pasar a vigilar la zona. De hecho cuando salió del trabajo no había nadie apresurándolos por el toque de queda. Algo malo debía estar pasando. Como le pasaba a ella.

Fue en un instante cuando el que la seguía desapareció, pero en el mismo momento otro sujeto apareció frente a ella, se abalanzo sobre ella pero Susana lo esquivó. Siguió corriendo, pero ya estaba cansada, y el hombre que recién había aparecido de la nada, como la estaba esperando tenía más fuerza para correr.

Solo alcanzo a dar unos pasos más, hasta que fue derribada por el sujeto, y no supo en qué momento empezó a sentir que la vida se le salía del cuerpo, era una sensación caliente que iba fluyendo fuera de ella.

El hombre que la había derribado estaba encima de ella, pero era el primero hombre que la había seguido el que le había disparado. Ese agarró el morral que traía ella y reviso lo que tenía hasta encontrar los papeles, mientras que el otro la empezaba a desvestir y a separar sus piernas.

Fue ahí cuando su pesadilla se hacía realidad, y otra vez tenía siete años, estaba en una habitación oscura, y el rostro que quería olvidar se hacía cada vez más claro.

Oscar llegó, pero no podía detener lo que estaba pasando, ni volver en el tiempo para llegar antes de que todo ocurriese. Estaba frustrado con el mismo, no supo que hizo después. Cuando se dio cuenta, los dos hombres que estaban alrededor de ella gritaron de terror, y uno por unos se fueron desintegrando lentamente. Comprendió la razón, de aquella monstruosidad que tenía en el cuerpo, y por qué Susana se había decepcionado de él.

Se acerco a la mujer que le había regresado la vida. Solo pudo ver su rostro palidecer, y sentir la sangre caliente salir de su cuerpo. Estaba sufriendo, tenía en el rostro una expresión de miedo. Se arrodillo, y levando en sus brazos el cuerpo a un tibio de ella. Y como si fuera una niña pequeña la arrulló, mientras de su garganta salía una melodía suave.

Susana volvía a tener siete a años, pero ahora estaba en los brazos de su padre que la arrullaba cuando tenía miedo, cuando apenas se empezaban a escuchar los bombardeos y llantos de la guerra.

Abrió los ojos y vio a Oscar, era un rostro dulce y atractivo, uno que le dio mucho gusto ver, y después se trasformo en el rostro de Oscar Carillo, el rostro de su padre, dulce y tranquilo.

Oscar observaba como el rostro de aquella muchacha se tranquilizaba, hasta que se volvió un rostro inocente, lleno de dulzura, como el que siempre quiso ver y como el que se imagina cuando estuvieran juntos.

El cielo se ilumino, de tal forma que todo lo que le rodeaba se podía ver claramente. De seguro el ataque ya había comenzado, pero él no iría, no tenía nada por que luchar. Cuando todo volvió a oscurecer se escuchó un ruido fuerte, el ruido de armas y bombas estallando.

Sujetó más fuerte a Susana

Susana se dejo llevar por la melodía que escuchaba de un lugar lejano y por los suaves brazos que la sostenían. Y sintió calor, mucho calor. Un calor que venía de otro lado y que estaba impregnado de olor a pólvora y otros gases.

Veía mariposas, eran mariposas de color púrpura volando en la en la oscuridad, y se acercaban mas, podía tocarlas, ya estaba muy cerca.



La guerra no terminó

martes, 11 de marzo de 2014

el regreso

Hace años que no pasaba por el blog..lo olvidé..siempre dejo todo a medias
Si voy a escribir, creo que es hora de que escriba algo más creativo